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Larga duración

Imprenta e Internet

Félix Fuertes, ABACO 37-38, 2003.

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Ábaco40 y Marco Laucelli
jun 23, 2026
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Félix Fuertes fue uno de los primeros profesores que tuve en la facultad, allá en el año 1992 cuando empecé mis estudios de Física. Félix era nuestro profesor de Termodinámica, y desde luego era - y fue particularmente para mí - un profesor distinto, único diría yo. En sus clases mezclaba la mitología griega con descripciones técnicas de conceptos como el calor o la entropía, y la mayoría de nosotros - ávidos de conocimientos técnicos - no entendíamos qué pintaba Ulises con la leyes de Carnot. Éramos demasiado jóvenes y estábamos demasiado verdes para entender la relación profunda entre las preguntas que siempre nos hemos hecho los humanos y el precio que pagamos, los riesgos que corremos, cada vez que ponemos luz sobre cualquier misterio.

Descubrir este artículo en el archivo de ÁBACO me ha devuelto a aquellos días. Seguir el viaje del lenguaje desde los egipcios a internet que Félix nos presenta en estas líneas, le ha traído a él a nuestros días. Días de inteligencia artificial, conocimiento líquido y miedo a perder la condición humana, condicionados - otra vez más - por el miedo permanente e infundado a la historia de Prometeo.


Imprenta e Internet

Félix J. Fuertes
Profesor titular de Física Aplicada, Universidad de Oviedo.

La imprenta e internet son adelantos técnicos parejos, relacionados con la transmisión de información. De la imprenta, el tiempo transcurrido nos da una perspectiva suficiente como para valorar su importancia en el devenir sociocultural, en tanto que de Internet, al estar inmersos de lleno en su despliegue, todavía desconocemos su trascendencia, aunque se adivina de capital importancia. Indagando sobre la naciente historia de los Internautas, se hace un viaje en el tiempo para recordar el mito de los Argonautas, quizá sean parientes separados por tres milenios de estos nuevos navegantes del ciberespacio. Unos y otros pioneros del desarrollo sociocultural, para bien y para mal.

La Web tiene un origen un tanto ‘inocente’ pues su descubridor, inicialmente, no tenía tan altas pretensiones. En 1987, Tim B. Lee, investigador del CERN, con objeto de poder hacer compatible la ingente cantidad de información que se genera en ese centro entre los muy distintos —y distantes— grupos de trabajo y con muy diferentes formatos de los múltiples ordenadores, propone la posibilidad de crear un lenguaje común. En pocos meses, junto con su colega R. Cailleau, crean el HyperText Transfer Protocol (HTTP) y el HyperText Mark-up Language (HTML) [Johnson, 2000]. Esto les permitió transferir los datos de sus ordenadores NeXT con otros tantos de diferente compatibilidad de sus colegas. En vista de los excelentes resultados en sus centros de investigación y de algunos otros que se sumaron al invento, seis años después —solamente— decide abandonar el CERN y, desde el MIT, crear la World Wide Web Corporation (W3C). Del 94 al 2000, la cosa emergió como la espuma y es lo que hoy día es: la repera. Una forma tremendamente versátil y rápida de transmitir y manejar ingentes cantidades de información. La enseña, sin duda alguna, del siglo XXI que, difícilmente había sido prevista por alguno de los que aventuraron los perfiles del futuro antes de acabar el milenio [Clarcke, 1975], aunque, desde luego, bien sabía que los satélites de comunicaciones habrán de tener un protagonismo especial, como de hecho lo tienen.

Tim Berners-Lee sitting in front of a computer showing the first website
Sir Tim Berners-Lee, con su nuevo invento en 1989.

Cada conquista técnica suele traer consigo unas cuantas ventajas pero, al tiempo, —el sempiterno castigo prometeaico— acarrea ciertas atrofias [McLughan, 1999]. Y, curiosamente, ésta, relacionada de hoz y coz con la gestión de la información, con el lenguaje, ha hecho florecer como hongos una fauna inmensa de acrónimos que se añaden a cierta multitud ya existente, aunque un tanto discreta, pues se reducía casi exclusivamente a los ambientes científicos. Así, sólo en el primer párrafo de esta reflexión, ya tenemos un CRNS —Centre National de la Recherche Scientifique— y un MIT —Massachusets Institute of Tecnology— de los primitivos pioneros, junto con los específicos del ya basto continente de la informática y la propia WEB: los HTTP, HTLM y WWW, ya aludidos; o los, WAP —Wireless Aplication Protocol—, URL —Uniform Resource Locator—, TCP/IP —Transmision Control Protocol/Internet Protocol; algunos un tanto ambiguos: SOAP —Simple Object Acces Protocol—, que no es jabón alguno…; y, otros, en fin, curiosos juegos de letras: ICQ, por ejemplo, que es un programa ‘buscador’ para internautas que no quiere significar otra cosa que I seek you, —te busco— como, en efecto, suena si se pronuncian tal cual las siglas señaladas I:ai/C:si/Q:kiú—. ¡Qué lejos quedan aquellos románticos balbuceos en sajón de la música pop: ailoviu, ainidiu, aimisiu! ¡Aquellas reuniones en torno a la barra de un cutre pero entrañable bar, tomando chatos, ‘chateando’, sustituidos por el asikiu actual y el ‘chateo’ en pantalla! Una búsqueda en el laberinto informático entre seres próximos pero separados por barreras de comunicación humana. Esa es la atrofia que parece que puede venir asociada. La vertiginosa velocidad a la que se mueve ese lenguaje le hace perder su significado, lo despoja de su contenido, con cierto riesgo: “Las palabras se desgastan —se lamenta J. M Marina—: ya el vocablo lumbre no puede dar calor ni la palabra lluvia refresca los campos agostados”.

Pero no es del todo cierto; también se enriquece el lenguaje, con nuevos términos y desempolvando otros antiguos ya en desuso. El protocolo, por ejemplo, ya hemos visto que es de los más ubicuos: significa, etimológicamente, pegado al principio: —proto/colos—, lo que necesariamente iba unido a ciertos documentos para darle autenticidad. Eso son: ciertas normas adjuntas a los documentos que admiten su reconocimiento. Pero también significaron una normativa previa en el trato personal, ajena ya al lenguaje escrito. Autenticidad y reconocimiento de trato que, en los tiempos de lo hipócrita y políticamente correcto, no estaría de más que, paralelamente, también se revitalizara.

También han resucitado algunos mitos y, con ello, su valor cultural, que había quedado desacreditado en la sociedad pragmática y desideologizada. La web es la tela de araña, con un significado doble: atractivo y laberíntico. Y también en parte liberador. Es Ariadna la que con su famoso hilo permite a Teseo liberar del humillante peaje en mancebos y doncellas al pueblo ateniense [Fuertes, 1999] (No es extraño que ya haya surgido un portal de un importante grupo de comunicación con ese mítico nombre: www.ariadna.com1). Curiosamente, en la sociedad en la que nace la democracia y es sustento principal de nuestra cultura actual.

Pueblo marino el griego, dada su topografía especial, que dispersó al tiempo que enriqueció su cultura hurgando por todas las costas del Mediterráneo. La historia de los Argonautas —Internautas de la era antigua— así lo atestigua. Inicialmente, pudieran haber sido meras excursiones de piratería [Reverté, 1999] las que indujeron a los griegos a adentrarse en el mar Negro en busca, principalmente, del trigo de las costas ucranianas. Con Jasón al frente, el grano alimenticio se transforma en la literatura en un etéreo Vellocino de Oro. Un viaje épico anterior a la Guerra de Troya en la que participaban algunos de los padres de los que habían de ser héroes griegos y universales en la famosa contienda. Allí se embarcaron Laertes —padre de Ulises— y Atreo —progenitor de Agamenón—; los gemelos Cástor y Pollux [a quienes se les atribuye la extraña hazaña de amainar las tormentas durante el viaje, por eso, a veces se los consideraba patrones de la marinería, junto con su hermana Helena; de ésta, cuando el cristianismo santificó todo lo santificable, viene San Telmo, el de los fuegos de…, de Saint’Elmo/Santa Helena/Elma…], Orfeo y Hércules, entre otros. A éste último [Fuertes, 1996], le correspondió el duro trabajo de echar a puntapiés a todos sus compañeros de fatigas de la isla de Lesbos, donde, al poco de partir, habían quedado embelesados entre los cuerpos ardientes de sus pobladoras. Un atrapamiento ‘carnal’ al que no es ajeno casi ningún internauta en la web actual.

Este mítico viaje no es más que la representación alegórica y épica de los múltiples y peligrosos periplos de aquellos adelantados marinos. El paso por el estrecho del Helesponto, ya peligroso por las condiciones naturales, se hizo más crudo porque los troyanos, sus guardianes naturales, exigían unos peajes abusivos. Ésta y no otra debió ser la causa que desencadenó la universal contienda. Épicamente, después, quedó plasmado en una aventura pasional y trascendió por los siglos de los siglos como primera y excelente obra literaria. Trifulcas y toscas tarascadas que, afortunadamente, dieron un fruto excelso: la sublimación del lenguaje.

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