José Luis González Quirós
Profesor de Filosofía
Universidad Complutense de Madrid / Universidad Rey Juan Carlos
Revista Ábaco, Num 127. 2026.
Son varias las razones por las que un filósofo puede sentirse llamado a pensar sobre la inteligencia artificial (en adelante IA) y, todavía hay más motivos para que se interese sobre lo que se dice sobre ella, en especial si el filósofo ha tenido la tentación de ocuparse de cuestiones relacionadas con la filosofía de la mente. Para empezar si, a la manera de B. Russell, podemos decir que una proposición tan simple como «el tren pasó por la estación a las cinco en punto» puede plantear una enorme cantidad de problemas, es obvio que esa clase de cuestiones, digamos, filosóficas se multiplican y se entrelazan apenas sin pausa ante el asombro que nos causan, no sin motivo, los desarrollos de la IA.
La cultura popular ha sido muy consciente de las implicaciones metafísicas de los desarrollos y los logros de las tecnologías derivadas de la revolución digital ya desde hace muchos años casi siempre para subrayar el temor que debieran inspirar esas novedades repletas de fantasía. Por ceñirme al cine, cabría comenzar, aunque pueda ser imperdonable olvidarse de Metrópolis de Fritz Lang (1927), con Una Odisea en el espacio, la película (1968) de Stanley Kubrick en la que el potente ordenador que controlaba la nave espacial decide arrebatar a los humanos el control de su aventura. Blade Runner en 1982 mostraba un universo oscuro en el que las fronteras entre la naturaleza y la tecnología se habían difuminado y la saga de Terminator (1984) mostró lo que ocurriría si el sistema que se encarga de proteger a los humanos se volviese consciente y decidiera independizarse de su control.
En 1995 una película como Denise calls up contaba cómo un grupo de amigos vivía dentro de una burbuja plenamente artificial gracias a la telefonía digital y la naciente Internet. Spielberg dedicó A.I. en 2001 a contar cómo los robots humanoides ocupaban un papel decisivo en un mundo que había logrado sobrevivir a la catástrofe climática a mediados del siglo XXI. En 2013, Her de Spike Jonze cuenta cómo un hombre desarrolla una relación sentimental con una mujer que es en realidad una asistente virtual de inteligencia artificial, por cierto muy atractiva.
Se podrían multiplicar los ejemplos en la literatura, en los medios y en las redes sociales, pero es fácil acordar que la IA ha conseguido crear un clima cultural basado en la creencia en un progreso excepcional que hará que las distinciones entre lo humano y lo artificial llegarán a difuminarse por completo. Los resultados actuales, asombrosos, pero debidamente embellecidos y exagerados por la propaganda necesaria para seguir invirtiendo cantidades casi inimaginables de dólares, invitan a suponer que la IA conseguirá poblar el mundo de seres artificiales plenamente conscientes, humanos o, tal vez, sobrehumanos. Como ha escrito Sonia Contera (2025, 247),
«El entusiasmo, a veces inflado por titulares grandilocuentes, puede ocultar limitaciones técnicas reales, especialmente en entornos clínicos donde la precisión no es un lujo, sino una cuestión de vida o muerte».
El porqué de un título
«Calcular» como algo diferente a «decidir» pretende establecer una distinción entre aquello que puede ser producto de una máquina, de cualquier software o algoritmo, de aquello que habría que reservar, al menos en principio, a un ser consciente que ejerce una libertad de juicio y de acción para decidir aquello que quiere pensar, decir o hacer. Por descontado que esta distinción tiene un carácter estipulativo que no la libraría de discusiones complejas si de ello se tratara, pero nuestro objetivo ahora es ver hasta qué punto los sistemas de IA se reducen a algo que puede ser designado con el primer término mientras que no alcanzan a hacer algunas de las cosas que suponemos propios de lo que designa el segundo.



